La voz del socio

Barcelona 17 de octubre de 2014

NUEVA Y TRISTE NOTICIA PARA TODA ESTA GRAN FAMILIA QUE COMPONEMOS LA CASA DE BAZA EN CATALUÑA.

 

Comunicar el reciente fallecimiento del compañero, amigo y miembro de la Casa de Baza en Cataluña: ENRIQUE CARMEN, esposo de nuestra querida Loli Cañadas, que falleció el pasado Jueves, y el sepelio tuvo lugar el Sábado día 18 a las nueve de la mañana.

Amigo Enrique, te has marchado para descansar en ese precioso rincón del Paraíso, que es donde tu mereces estar, hemos pasado muy buenos ratos juntos y esperemos que cuando Dios nos lleve, podamos volver a juntarnos y continuar nuestra gran amistad.

Descansa en PAZ, y tengo el convencimiento de que así será por todo lo bueno que has hecho aquí en la tierra.

Y a tu familia, encabezada por tu querida esposa LOLI, hijos, nietos y demás familia.

Con todo nuestro cariño, os hacemos llegar nuestras más sentidas  condolencias con  este fuerte abrazo.

 

En nombre de todos los componentes de “LA CASA ANDALUXA DE BAZA EN CATALUÑA”

 

La Junta Directiva.

Barcelona 17 de setiembre de 2014

ACABAN DE COMUNICARNOS DEL FALLECIMIENTO DE DON LUIS CHACON ORTEGA.

Se nos acaba de ir un GRAN AMIGO Y MUCHO MEJOR PERSONA.

Descansa en PAZ, querido amigo, y espéranos allí en ese bonito rincón del PARAISO donde tu mereces estar.

Se acabaron esas preciosas “GREGUERIAS”, esas poesías a tus nietas y sobre todo con la lucidez y sencillez que lo hacías todo.

Yo si que voy a notar este vacío cuando nos juntábamos en aquella preciosa cafetería de tu querido CANET, para tomar un café, me contabas historias de toda índole y que yo te escuchaba BABICAIDO, ese par de horas siempre me parecían minutos, pues no me cansaba de escuchar las cosas que me contabas y con la sencillez que siempre lo hacías.

Te llevo en el CORAZÓN, y mientras me esperas allí arriba te seguiré recordando, y yo a mi mismo me iré recitando esas lindas “GREGUERIAS”.

A tu esposa ANA, y a tus hijos y nietos les mando este fuerte abrazo, con la esperanza de que siempre lleven en el corazón a esta gran persona. “DON LUIS CHACÓN ORTEGA”

Descansa en PAZ.

Mateo Pizarro Muñoz

Barcelona 20 de enero del 2013

EL TREN DEL OLVIDO

Aquella noche, en la quietud y paz de la cama, leí un papel manuscrito encontrado en el tren. Estaba firmado por Nuria y no tenía destinatario, hablaba de un gran amor que había quedado roto para siempre. Pensé que aquella mujer –quien quiera que fuese– había tenido un desengaño fuerte y quedé intrigado y admirado del texto y del dramático final: “Tú no quieres volver y yo no quiero que vuelvas”. No sé que me pasó, tan cansado como siempre y no podía conciliar el sueño, la mujer del departamento de primera clase me venía a la memoria una y otra vez. ¡Dios, qué guapa era! Me dormí pensando en ella y lo primero que hice al día siguiente en el tren fue ir a aquel departamento, aun convencido de que no estaría, y no dejé de hacerlo durante años. Y nunca la olvidé.

 

Nací en Baza, una ciudad granadina de un pasado histórico importante, conocida en la antigüedad como Basti, capital de la Bastetania. Mi trabajo lo desarrollaba cada verano en los vagones de tercera y segunda clase del tren Granada-Murcia, porque los pasajeros eran más asequibles. Recuerdo una vez que, no obstante, pasé al vagón de primera y en aquel departamento sólo había una joven muy hermosa de unos veinticinco años, delgada, alta, ojos grandes, negros y profundos, pómulos salientes, nariz respingona y un pelo negro azabache, recogido en una coleta. En el momento de ofrecerle agua miraba distraída por la ventanilla con un libro en el regazo.

–Agua fresca de la sierra de Baza –le dije.

– ¡Ay, no! Todos mamarán del pitorro –me contestó con un gesto de asco.

–Perdone, en mi botijo no maman ni los niños. Se ha de beber a chorro.

–No, gracias –me insistió, y observé que tomaba el bolso en un gesto de sacar unas monedas.

–No se equivoque –le dije dolido–, yo ofrezco un servicio y hago un trabajo, no pido limosna.

Me miró sorprendida y vi sus ojos humedecidos, comprendí que era una buena persona. En efecto, se levantó me quitó el botijo de la mano y bebió a chorro poniéndose perdida. Después me dio unas monedas que estuve a punto de no aceptar, pero pensé que sería humillarla como ella, sin querer, me había humillado antes.

– ¿Cuántos años tienes? –me preguntó.

–Doce años para trece –le contesté.

–Toma, te estás haciendo hombre antes de tiempo –me dijo.

–Gracias –le respondí–, es usted muy guapa, que tenga un buen viaje.

Al dejarla regresé a los vagones de tercera clase mi hábitat natural en el tren y di con la Carmela, una gitanilla del Albaicín que se ganaba la vida vendiendo rosas y claveles.

–Te compro una rosa –le dije.

–No, quillo, mejor te la regalo y tú me das un buche de agua.

–De acuerdo, pero me tienes que guardar el piporro un rato, vuelvo enseguida

–le respondí.

–Ponlo debajo de este asiento, y si viene el revisor ya sabes que yo me piro.

–Conforme –le dije, y regresé de nuevo al vagón de primera que estaba al principio del tren pegado a la máquina.

El departamento estaba vacío, se había bajado en Lorca. Quedé decepcionado, dejé la rosa en el asiento donde ella había estado y fue al salir cuando vi aquel papel en el suelo. Era una cuartilla doblada, se notaba que había sido pisada al pasar y estaba escrita a mano por una sola cara. Seguro que se le habrá caído, pensé. Me la puse en el bolsillo, y la leí aquella noche en la cama.

Tantos días en aquel ambiente del tren me habían abierto los ojos a la vida. El tren era mi casa y mi pueblo a la vez, y los pasajeros mi familia. Los conocía a fondo, escuchaba día tras día sus conversaciones y sus reacciones no me pasaban desapercibidas, las registraba en mi subconsciente y actuaba en consecuencia. Aprendía de la paciencia infinita de los niños en los largos recorridos y de su impaciencia también y de sus risas y de sus llantos incontrolables. Me maravillaba el clima de confianza que se generaba en una convivencia tan forzada y traída por los pelos. Y las confidencias que se decían; eso me extrañaba mucho más y no atinaba a comprenderlo. Y así supe que a una señora se le casó la amiga embarazada, por más que lo quisieron disimular; y que el hijo de un matrimonio “se había llevado a la novia” y me preguntaba intrigado que a dónde se la podía haber llevado y aprendí que eso era lo de menos, que llevarse la novia era una costumbre, bueno, una mala costumbre que ocurría si la novia quedaba preñada o no había medios económicos para afrontar el costo de una boda digna: las parejas –algunas– desaparecían tres o cuatro días y regresaban enfrentando a las familias con los hechos consumados y la necesidad de una boda rápida y sin fiestas; después del escándalo ¡ya me dirás! Y conocí a una mujer que se le fue el marido a hacer las Américas a Cuba y desde los Limpios de Taguasco le escribía a ella y a sus tres criaturas cada semana sin faltar una, porque era muy sentimental, y les enviaba dos tercios de la semanada en dólares; pero en menos de un año dejó de escribir y dejó de mandar y llegaban rumores lejanos de que había formado una familia con una mulata en una lavandería del lugar denominado “El Plantel”, con la que tenía una hija. Yo me decía que nunca hubiera contado esas cosas que son de cada uno y se sufren en silencio. Y más tarde Gracián me dio la razón, me dijo que “los secretos ni oírlos ni decirlos”. Y yo pensé: ni los secretos ni los chismes.

 

Había tramos del recorrido y determinados días en que el tren iba a tope de gente y notaba cómo en las cuestas perdía velocidad y la máquina renqueaba lanzando al cielo intermitentes bocanadas de vapor, mientras el fogonero se veía y se deseaba para alimentar la caldera. En esas circunstancias, los pasajeros se apretujaban en sus asientos y yo no encontraba ni un resquicio para sentarme y descansar, tenía que marchar al final del vagón fuera del ámbito reservado a los pasajeros, en esa zona donde el vagón enlaza con el siguiente y el ruido es atronador. Allí de pie, con el botijo entre las piernas, descansaba amodorrado. Y en esa situación recordé el pequeño incidente de hacía unos minutos, que se hubiese evitado si la señora me hace caso.

–No ponga esa caja grande arriba en el portaequipajes, póngala debajo del asiento –le dije con toda mi buena fe.

–Nene, bonico, métete en lo tuyo –me respondió malhumorada.

Y a los diez minutos uno de los pasajeros situado frente a ella que le indica:

–Señora, la caja gotea y las gotas le caen en la cabeza.

– ¡Ay, el conejo! –dijo la señora y se levantó para bajar la dichosa caja.

–Deje, señora, permítame que le ayude. ¡Caramba! Pesa un poco, más parece una liebre que un conejo –dijo el buen hombre todo caballeroso.

La señora y yo nos miramos sin respirar, pero hay silencios que cantan. Yo lo sabía por la experiencia de otras veces. Una caja grande de cartón y agujereada por todas partes era para que alguno pudiera respirar dentro: un loro, un perro pequeño, un pollo perdiz o un conejo, como en este caso. Y conocía lo que ocurriría, pero no le dije nada porque lo que había pasado ya no tenía solución y para no hacer leña del árbol caído; aunque me alegré, eso sí, de que en el pecado llevara la penitencia, incluso pensé un poco pícaro –tal vez por mi pubertad en sazón– que podía llevar razón el hombre y aquella señora achaparrada y regordeta acaso tuviese una liebre en vez de un conejo. Y me reí de mi ocurrencia en la soledad de aquella zona del vagón, en una especie de duermevela desosegada, por miedo al revisor y por el martilleo de las ruedas del tren al pasar por las junturas de los tramos de vía.

 

El mundo del tren era variopinto. Me llamaban la atención aquellas señoras de negro hasta la cabeza, enlutadas de por vida al enlazar un muerto con otro y que solían ir a Granada o Murcia siempre o casi siempre por asunto de médicos. A las parejas de recién casados las calaba al vuelo, por lo general no participaban en la conversación del resto de pasajeros circunstanciales; cohibidos y timoratos, iban cogidos de la mano, incluso sentados, y se daban los recados al oído.

–“Agua fresca de la sierra de Baza, para calmar la sed de los enamorados” –les decía mirándoles a la cara. Y los veía ponerse colorados como un tomate.

 

Si viajaban monjas sabía que nunca beberían aunque estuvieran sedientas, como si el hábito les exigiera la penitencia de la sed. Yo les decía risueño:

–“Agua fresca de la sierra de Baza, para calmar la sed del cuerpo y del espíritu”.

Se sonreían pero no había nada que hacer. Un día, sin embargo, una monja joven me pidió el botijo:

–Permítame –me dijo–, y bebió un buen trago con una maestría envidiable. No le quise tomar la propina que me daba: si hacen votos de pobreza ¡qué vas a hacer! –pensé. Poco después me la crucé por el pasillo venía de los servicios. Es natural –me dije– las monjas también son humanas y tienen sus urgencias. Nos sonreímos al pasar sabedores de que compartíamos un secreto.

Durante meses en la estación de Purchena subía una cuadrilla de albañiles que iban a trabajar a Lorca, desayunaban en el tren y no se me ocurría ofrecerles agua mientras comían aquellos enormes bocadillos que regaban con buenos tragos de vino.

– ¡Arranca de aquí, muchacho! No profanes el vino con tu agua –me dijo uno.

–Es agua fresca de la sierra de Baza –le respondí.

–Peor –me contestó–, cuanto mejor sea el agua mayor es el sacrilegio.

Pero a la media hora larga me dejaba caer como si nada y entonces en plena digestión y con el calor que hacía bebían casi todos, aunque no pagaba casi nadie.

Los extranjeros eran capítulo aparte. Gesticulaban con la mano al acercarme que no querían saber nada.

–Agua fresca de la sierra de Baza –les gritaba.

–“No querer, no querer” –contestaban.

Me fijé en una de las turistas más jóvenes, y le dije muy serio a mis doce años metidos en trece:

– ¿Voulez vous faire l’amour avec moi?

Aquello fue una fiesta, comenzaron a reír y a reír y a darse codazos unas a otras y yo reía más que ellas porque la risa es contagiosa.

– ¡Oh! ¡Oh! Enfant astucieux… –me dijo una, haciéndome gestos de castigo con las manos.

Los soldados eran una tropa especial y tenía que estar prevenido, aunque me lo pasaba bien con ellos. Cuando sólo había uno o dos quedaba tranquilo, a formales no había quien les ganara y más infelices que yo. Pero cuando eran cuatro, cinco o más, se armaba la gorda y les temía como a una vara verde. Un día se pasaron cantando “La parrala” y “Mi vaca lechera” todo el trayecto. De improviso se ponen todos de pie en posición de saludo y comienzan a cantar el himno de la legión, todo eso de “Soy valiente y leal legionario….” que ni se sabían. Y a dar gritos de “A mí la legión”. Yo les increpaba: “¡Pero si sois de intendencia, no habéis pegado un tiro en toda la mili….!” Y a uno que era cabo primera le pregunté muy serio:

–Mi capitán, ¿Tú de dónde eres?

Me miró y me dijo:

– ¡Tienes cojones, eh! -y se echó a reír al ver mi cara de asustado–. Soy de Gañuelas y éste es de Los Raspajos, somos todos murcianos y vamos con permiso, pertenecemos al Regimiento Córdoba 10 de Granada. Cuando me daba estas amigables explicaciones apareció el revisor por una punta del vagón y corrí a esconderme por el otro extremo. Al regresar a por el botijo había desaparecido.

–Se lo ha llevado el Revisor –me dijo uno.

–Lo ha decomisado –me espetó otro, y el Cabo Primera me remachó:

–Ha abierto un atestado y tenemos que ir todos a declarar. Al final me dieron el botijo vacío y un montón de propinas. Saqué más que en ningún otro viaje. Aunque el día que conocí a la señora de primera clase también fue bueno.

Muchas veces, a medio trayecto se me acababa el agua del botijo y según la estación podía bajar a llenarlo; pero en ocasiones estaba cansado y me ponía a leer camuflado en un rincón con mi porrón vacío debajo del asiento. Durante esos años leí ciento de libros y varias veces el Quijote. En un viaje a Granada con mi madre, compré un ejemplar en una librería de viejo y lo descuaderné quitándole las tapas y separándolo por capítulos que me llevaba en mis viajes metidos en la pechera.

– ¿Por qué haces eso? –me preguntaba mi madre sorprendida.

–Porque no puedo llevarme el libro entero y el botijo a la vez.

Del Quijote me gustaba todo y con los diálogos me partía de risa, en especial cuando se ponía a dar consejos a Sancho Panza.

Un día mi madre llegó llorosa a casa.

– ¿Qué te ocurre? –le pregunté.

–“No sé como dejas al chiquillo ir día a día en esos trenes cada verano, año tras año, se te convertirá en un golfo”. Eso me ha dicho una amiga en la Plaza de Abastos –me contestó.

–Mamá, tú sabes que eso no puede ocurrir. Es difícil volverse golfo con un botijo en la mano ocho horas al día, en el espacio acotado de un tren en marcha y rodeado de personas sencillas, sufridas y humildes. No hagas caso: ladran, luego cabalgamos –le dije, recordando una frase que le achacaban a don Quijote. Se sonrió y me besó en la frente.

Mi madre hace años que murió y a lo largo de la vida me dio muchos besos, era muy cariñosa, pero como aquél en la frente, ninguno. A veces si estoy triste o añorado me paso los dedos y creo reconocer la textura de sus labios y toda su ternura. Ya sé que es difícil de explicar esto y que más parece que estoy chiflado, es posible, pero eso es lo que siento y expreso.

Conforme me hacía mayor las lectura se me hizo imprescindible y tuve la suerte de estar bien orientado por mi viejo maestro don Amador Bordajandi. Y así fue como me rodeé de algunos queridos escritores y en mis trayectos en tren aproveché el tiempo, incluso recuperé el perdido y paseé con Marcel Proust por el camino de Swann, a la sombra de las muchachas en flor; disfruté del fervor de Buenos Aires correteando por sus calles y plazas acompañado de Jorge Luis Borges; viajé por la Alcarria y conocí las miserias del Madrid de los años inmediatos a la guerra civil, de la mano de Camilo José Cela; visité la Casa Verde invitado por Vargas Llosa; me enamoré de Madame Bovary; conocí la muerte en Venecia junto a Thomas Mann; supe de paisajes y gentes de Cataluña a las que aprendí a estimar, con los libros de Josep Pla; y caminé por el Dublín de Joyce y por los Campos de Castilla con Antonio Machado. Sin olvidar que Virginia Wolf me presentó a la señora Dalloway; y García Lorca a Doña Rosita la soltera y con él lloré la muerte de Ignacio Sánchez Mejías; incluso pasé una noche con Lolita de la mano de Vladimir Nabokov.

Pero “Todas las cosas tienen su tiempo”, se dice en la Biblia. Transcurrieron los años, el nivel de vida subió, el botijo se pasó de moda vencido por el plástico y yo me hice mayor…

–Mamá, el piporro ya no da más de sí, dejo los viajes en tren –le dije triste. Hoy ese botijo lo tengo en mi despacho en un sitio destacado, no en vano fue mi primera herramienta de trabajo.

 

Ahora estoy jubilado y, tal como dijo Octavio Paz, “toco la destrucción que en mí se atreve”, y desvarío un poco. Más de una vez he pensado retomar mi viejo botijo y hacer de nuevo la línea Granada-Murcia desde Baza; pero para mi desgracia y la de mi pueblo, RENFE la ha suprimido por poco rentable; las empresas públicas y los políticos ignoran, a veces, que hay una rentabilidad social por encima de la rentabilidad económica.

He considerado, como opción, la línea del AVE Madrid-Sevilla; pero tengo dudas de que estos ejecutivos modernos sepan beber a chorro y desde luego en mi botijo no maman ni los niños de teta, esto siempre lo he tenido muy claro.

 

Luis Chacón Ortega

luischaconortega@gmail.com

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